PEDRO ANDRADES

Si estás leyendo este texto es porque sabes leer. Si sabes leer es porque alguien te enseñó. Porque alguien hizo ese milagro nunca suficientemente valorado de transmitir a un niño que esos signos raros que son las letras se juntan, forman sílabas, palabras que te permitirán decir a tus padres que los quieres, a tu novia que la amas, a tus amigos que los necesitas, esos símbolos abstractos que te facilitan pensar, distinguirte de los animales, emocionarte con una película o una poesía, leer la alineación de tu equipo de fútbol o escribir un wassap. Esa persona para muchos de nosotros fue Anita Ordóñez, Anita la de Baldomero, que acaba de morir a los 79 años tras meses de continuas recaídas por un problema de cadera y un progresivo deterioro físico que nunca logró ocultar su cálida sonrisa.
La vi por última vez hace unos meses, postrada en una cama del hospital de Ronda, con su hija Encarni de la mano, ya casi vencida por la mala salud con la que se peleó toda su vida. Y, como siempre, se mostraba generosa y maternal con ese niño crecido que tenía delante y al que, como a tantos otros, tutelaba más allá de las aulas. Esos niños a los que socorría en los juegos salvajes de aquella infancia que olía a sopa de yerbabuena y a papas fritas en anafre, jamás la olvidarán. Siempre habrá un recuerdo para esa mujer fuerte de aspecto frágil que desafiaba a la diabetes, que alternaba su interinidad de maestra con la venta de entradas en el cine Cervantes en aquellas tardes de películas del Oeste, Bruce Lee o Manolo Escobar que llegaban en latas gigantes. Siempre estará en nuestra memoria aquella mujer que iba andando al centro escolar de la Venta Leches o de Pabuce para dar clase a “los del campo”, en aquellos años incómodos en que era frecuente ver cómo niños todavía imberbes abandonaban sus humildes aulas para ayudar a los padres a tirar palante.
«Siempre tuvo el cariño de los chavales«, nos dice desde Madrid (don) Enrique Antonio, que fue director durante años del colegio de Setenil. «Era una luchadora, nunca la escuché quejarse», nos cuenta Mari Domínguez, la actual directora de la escuela pública. «Anita era maestra y vecina, conocía el ambiente en el que se desenvolvían los niños”, nos recuerda Antonio Luis Cubiles, que pasó muchísimas horas en su casa de El Chorro. Ha muerto Anita y me resulta inevitable pensar que educar a un niño es más importante que gobernar un Estado. Que los buenos profesores dejan una huella que dura hasta el final de los días. Que un buen maestro será caro, pero uno malo es aún más costoso. Que ya está bien que la educación esté en permanente solfa (35 años, siete leyes escolares). Adiós Anita, y que sepas que contigo aprendimos que la letra con una sonrisa también entra.